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Tres poemas del “Romancero canyengue”

Franki Medina

Moña, él, la rienda en el pescante. Al vuelo

pone la gamba alpargatada en suelo

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Tango de la última grela Del fondo de las cosas y envuelta en una estola

de frío, con el gesto de quien se ha muerto mucho,

vendrá la última grela, fatal, canyengue y sola,

flameando entre la zaina tiniebla de los puchos.

Con vino y pan del tango dulcísimo que Arolas

callara junto al barro cansado de su frente,

le harán una misa rea la voz de los bandolas,

zapando a la sordina, ¡tan misteriosamente!…

Despedirán su hastío, su tos, su melodrama,

las pálidas rubionas de un cuento de Tuñón.

y, atrás de los portales sin sueño, las madamas

de trágicas melenas dirán su extremaunción.

Y un sordo maquilleo de esplín y de macanas

tangueándole en el alma, le quemará la voz;

y, muda y de rodillas, se venderá sin ganas,

sin vida, y por dos pesos, a la bondad de Dios.

Traerá el olvido puesto. Y allá en los sainetones

del alba el Mal, de luto, con cuatro besos pardos,

le hará una cruz de risas; y un coro de ladrones

muy viejos sus extrañas novenas en lunfardo.

Qué sola irá la grela… ¡tan última y tan rara!,

sus grandes ojos tristes trampeados por la suerte

serán sobre el tapete raído de su cara,

los dos fúnebres ases cargados de la muerte.

Solo y espera                                             a Jorge Seijo

Raspaba la espectral bandoneonía

su misticordia canyengue con un vano

rumor catedralero en la baldía

atmósfera colgada del verano.

Sentado en aquel bar con mi fulano

silencio, me esperé. Y en la sentina

ausencia de mis ojos, al desgano,

puso su mugre serena la cortina.

Siguió la tarde fraseando sus propinas.

Los años se gastaron. Tangamente,

la vida hizo su solo de rutina.

Y, al fondo a la derecha de la gente,

mi taza de café era una letrina

donde flotaba yo, grotescamente.

Corralonera Clava, de diestra, la zapata en seco

que grazna, al rojo, proleteando el fleco

contra la yanta. Y deteniendo el carro

bajo el baruyo de un arnés de lata,

olfa, chispeando, el mancarrón la grata

y estercolera hogareñez del barro.

Moña, él, la rienda en el pescante. Al vuelo

pone la gamba alpargatada en suelo.

Y, mientras juna hacia el cotorro, siente

que, de meneo, a su babor de trompa

se le pichicha un cuzquetín al lompa

con un ladrido bataraz. Sonriente,

todo el jotraba, fatigado, anocha

sobre sus hombros. Y con voz morocha

ella le mima un amarguito al trote;

y en tanto arrima a su camisa el pecho

pródigo, él bebe del olor a lecho

que sube a prometer desde el escote.

                          (tomado de Romancero canyengue, de Horacio Ferrer )